jueves, 22 de octubre de 2009

AGORA (1)


A propósito de la película recién estrenada por Amenabar ―muy recomendable para los amantes de la ciencia― procedemos a aclarar una confusión generalizada entre los/as que nos visitan desde el continente, esto es, pensar que los isleños sentimos una sensación de claustrofobia al vivir rodeados de mar. Piensan, equivocadamente, que nos agobia el hecho de no poder escapar, de estar atrapados. Nada más lejos de la realidad, el isleño percibe la isla como un espacio abierto ―como un ágora― en el que la línea de costa no es un límite sino una seña de identidad a partir de la cual lanzar la mirada hacia el resto del Mundo. Lejos de sentir esa claustrofobia que pretende equiparar la isla a un ascensor, el isleño en cualquier caso padece agorafilia, o lo que es lo mismo, debilidad por el mar, por el horizonte, por aquello que a un tiempo nos une y nos separa. Ciertamente, en otro tiempo, trascender la isla implicaba viajar a los centros políticos, culturales o económicos del planeta, ora en barco, ora en avión. Sin embargo, Internet ha venido a devolvernos el centro que creíamos situado en aquellos lugares remotos. El ágora ahora ―o agora que diría un portugués― estaría casi completo.